Make your own free website on Tripod.com

POESIA ES ESENCIA

Leer:

Aprende Poeta 

Poetas Peruanos
Artículos de Interés
Galería de Cuentos.
Impresiones
  • CONVOCATORIA

Si deseas publicar tus poemas, sugerencias enviar artículos, y o apreciaciones sobre cultura literatura o poesía escríbenos al correo de la página: elioosejo@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cesar Vasquez Rivera : El Tobogan

 

El “Paraíso encantado”, que ironía. Quien iba a pensar que volvería aquí, después de tantos años, y para un trabajo como el mío. Hasta me causa gracia. Que bella época fue esa. Pasar los días en la piscina, bajo el radiante sol de las playas del sur. Para mí era el paraíso, ni más ni menos. Chapotear como patos durante horas, días, semanas. Mamá y Papá entablando amistades con estiradas señoras y rechonchos hombres de negocios, mis hermanas y yo disfrutando al máximo las vacaciones, zambulléndonos y jugando con todos los niños ricos. Era tan bonita esa sensación, de ser igual a ellos, a todos, de no tener preocupaciones, una vida holgada, sin problemas ni privaciones. Y el tobogán.

 

        Ese inmenso tobogán, que en aquella época parecía incluso gigante. La gente se deslizaba a través de el entre risas y alegres gritos. Pero a mí me inspiraba un respeto muy parecido al miedo. Papá se daba cuenta de ellos: “ven Julito, acompáñame”, me dijo un día; ni siquiera se bañaba en la piscina, no sé cómo pude creerle que se iba a lanzar por ese gran tobogán de 150 metros de largo. Apenas llegamos arriba, depositó en la plataforma mi enclenque cuerpo de 10 años, de un solo tirón. Le grité que no me soltara, pero con esa risa nerviosa que pedía lo contrario. Me soltó y la presión del agua me llevó hasta abajo a una velocidad que me dejó atónito. Mi miedo se convirtió en terror al ver la superficie del agua cada vez más cerca, mis dientes se entrechocaban. El fuerte golpe con el agua, todo celeste por un par de segundos, y de pronto estaba parado, con el agua hasta el pecho y el temor convertido en una gran sonrisa. Mi papá desde arriba me mostraba sus pulgares hacia el cielo con una expresión de alegría y orgullo que nunca olvidaré. El resto del verano lo pasé en ese tobogán, me volví adicto a él.  

 

     Fue el último verano en el “Paraíso encantado”. Los buenos tiempos terminaron, la empresa de Papá fracasó, se acabaron los lujos, la vida le pegó a mi familia una gran cachetada. Y ahora estoy aquí nuevamente, para hacer un trabajito, que vueltas da la vida. Desde aquí se ve todo el club. Todo está casi como lo recuerdo. La piscina, sus puentes, separaciones, y sus pequeños “túneles” para pasar de una zona a otra. Las sombrillas, los bungalows, la “gente bien”. Y el tobogán. Tan magnífico como en mi niñez dorada. Que nostalgia me da ver todo esto. Quisiera poder quedarme aquí, aunque fuera sólo unos momentos, para recorrer el club una última vez, quizá un último viaje en el tobogán de mis recuerdos.  

     Es una lástima que este trabajo sea siempre tan breve. Si volver aquí era una ironía, esto es realmente el colmo. Ubiqué a mi hombre: está en la cima del tobogán y a punto de lanzarse. Demasiadas ironías para un solo día. Ahora es cuando.

 ***  

      Es otro día de verano y el pequeño Lucas está sentado al borde de la piscina, justo al frente de la última caída del tobogán. Observa a la gente reírse a carcajadas y dar gritos de júbilo, pero aún no se siente listo para subir a esa “resbaladera grande” como la llama su Papá. Sólo sigue viendo a la gente divirtiéndose y así trata de darse ánimos. Niños, jóvenes, señoras, chicas lindas, todo el club la pasa de maravilla en ese tobogán. Todos menos él.

Hasta algunos señores de pelo blanco, como el que está en la cima, a punto de lanzarse. Por alguna razón, la mirada de Lucas se concentra en ese señor entrado en años, de apariencia seria y elegante, con esa ropa de baño roja que se ve tan cara, su cadena de oro y su reloj acuático. “Este señor si que disfruta del tobogán”, piensa Lucas. Y en efecto así parece, pues, mientras es impulsado por el agua agita los brazos de un lado a otro en cada curva y menea la cabeza para arriba y abajo a medida que desciende. De pronto parece perder el control de sus escuálidos miembros, el tobogán entero se reduce a ese revoltijo de piernas, brazos, cuello, costillas, espina dorsal. Finalmente el peso le gana y ya no se desliza sentado, sino rodando cuan largo es. Codos, cabeza, mano, rodilla, tronco. Lucas ríe a carcajadas, “se está sacando la mugre, eso le pasa por subir al tobogán siendo tan viejito”, piensa.  

 

     La risa del pequeño se congela un segundo antes de que el cuerpo del hombre rompa la superficie del agua. Durante ese segundo, el caído parece mirar al pequeño, pero sus ojos están en blanco. No son sus ojos los que quedan en la memoria de Lucas, sino ese pequeño agujero que tenía en la frente. El niño fue el único en verlo. Para cuando el agua empezó a teñirse de rojo, ya Julio estaba en su vehículo, alejándose. El rifle semiautomático de mira telescópica iba como copiloto dentro de su maletín deportivo.

 ***

  Como me decía mi Papá: “sólo el trabajo podrá darte satisfacciones”

***

Regresar a Galeria de Cuentos

 

 

Envia tus comentarios a : elioosejo@hotmail.com

"Fiebre de Poesia" tu boletin virtual de poesìa es editada por Poetas de Ahora y Siempre, colabora con nosotros enviando tus poemas y recomendando esta página a tus amigos, Gracias...