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Elio Osejo Aguilar :  "F"

 

Yo siempre paso por la casa del profesor Severino para sacarlo a correr. Esta mañana ingresé por la cocina y encontré al profe rodeado de libros a medio leer junto a su chimenea; envuelto hasta la cabeza con su colcha como los fardos funerarios de los que a veces me habla.

                Yo entiendo poco de historia, pero nadie me gana en zoología urbana. Sé de lo que hablan las abejas mientras vuelan y del extraño cortejo de los palomas negras. También soy capo en la botánica vulgar, de esa que no se aprende allí en los libros. Pero mi rasgo distintivo es que soy todo oídos. Estoy atento a los himnos de las misas en domingo aunque me miren extraño por mi facha, y casi siempre estoy rodeado de niños porque me gusta mucho verlos cómo juegan; salvo cuando acompaño al profesor Severino, porque entonces yo sólo tengo oídos para él.

                   Desayunamos juntos mientras me  lee el periódico y comenta las noticias con  aire sentencioso. El mundo está de cabeza según él y la historia del hombre se complica y se puebla de insólitas ridiculeces. Damos seis vueltas al parque  y saludamos a todos lo vecinos, luego yo me entretengo asustando a las palomas mientras el profe termina su sesión de estiramiento. Hay otra chica que trota  con su amiga a esa misma hora, también por eso es que nos animamos a correr.

                El profesor no sabe cómo entrarle a la chica; está en su clase de historia pero allí él es otro. No se consulta un libro si él no lo recomienda y sus palabras se anotan en numerosos papeles que hasta la chica del parque deberá repasar si desea obtener una nota aprobatoria. Cuando el profe se va a dar sus clases lo acompaño hasta el paradero, y mientras él termina su café yo le voy a buscar su maletín. A veces me quedo en su casa hasta que él llegue, la condición es que  no toque sus libros y que no ensucie más de lo que está la alfombra, pero me quedo en realidad porque me gusta la azotea; desde allí puedo ver el parque y las palomas.

 Adoro las palomas, nunca he visto una tierna pero sé que ellas existen; yo juraría que hasta que no puedan volar ellas se escnnden en el campanario de la iglesia. Ciertos días me doy una escapada hacia el mercado para ver a unos amigos, yo no estoy muy orgulloso de ellos pero qué puedo hacer sino escucharlos y acompañarlos porque al final también me siento solo; y los niños, cuando salen del colegio llenan la calle de risas y saltitos tan inocentes y despreocupados que muchas veces he desado ser eterno niño.  Tengo miedo a los carros igual que ellos; me he salvado de ser atropellado por uno. Yo todavía soy rápido, pero también distraído y me asusta mucho el ruido de los claxons, cosa que no soporto.

Una noche encontré al profe reborracho, con las justas andaba y en su media lengua  maldecía la suerte de tener que encubrir un mundo de miseria. 

Ahora el mundo es una gran cagada: Uno se luce y al final lo  tratan peor que a un perro. Le quité los zapatos y los lentes como pude, y me quedé  en su sillón  a ver salir el sol; su pesimismo siempre se esfumaba en las mañanas con el agua fría.

                Entonces él agradecía mi compañía  y me mandaba por el periódico, luego de su café me  explicaba sus planes para conseguir un nuevo trabajo. Ese era el dilema: No quería un trabajo menos remunerado ni uno que  lo pueda obligar a cambiarse de casa porque le gustaba ésta.  Hecha su agenda  salía suspirando  con  su maletín en la mano y el periódico bajo el brazo. Yo me quedaba en la azotea a observar las palomas hasta que me animaba a ver a alguno de mis amigos.

El profe sabe cuánto a mi me atrae la luna, sobre todo la llena cuando un Noséqué nostálgico me envuelve  y me quedo mirándola e invocándola como queriéndola alcanzar. Una noche de luna el profesor y yo salimos de paseo y se puso a enseñarme el nombre de las estrellas. Para mí que la luna es una estrella grande. De regreso a la casa cortamos por el parque, y una luz azulada  asomaba entre los árboles; llegó a nuestros oídos desde unos matorrales salpicados grititos y efusivos resuellos; y avanzamos los dos lento y sin hacer ruido hasta el lugar donde se daban cita un par de  seres rendidos. Allí, en medio de la penumbra estaba la chica del parque, prisionera en los  brazos de un desconocido.

 El profesor Severino se torturaba observando cómo emanaba el calor de aquellos cuerpos  enrojecidos, yo percibía en ellos un olor como de  azahar éramos dos fantasmas  amparados en la  densidad  de la noche.  El profe empezó a temblar y se le apagó la voz. Le escuché musitar levemente la aspereza de un nombre : "Ay Blanquita, Blan-qui-ta..." .

Yo estornudé, ¡Y para qué lo hice!:  El vaporoso nudo se detuvo y dividiéndose  ví acercarse  al dueño de una moto ruidosa con su polón en la mano. Busqué a mi lado al profesor Severino pero no lo encontré, la jovencita en cuestión ya acababa de vestirse y preguntó qué pasaba. Yo miraba aterrado para todos lados. Pero igual me enfrente a los ojos del muchacho; no podía moverme de la fuerte impresión, y exhalando un supiro el muchacho calmó a la jovencita esbozando una sonrisa: "No te asustes muñeca, sólo he encontrado un perro ".

De regreso a la casa el profesor Severino  buscaba su maletin y se puso a encender  la chimenea  para entonces volcar  todo su contenido: Viejos recortes de diversos periódicos, hojas sueltas de escasos  y amarillentos libros, y papeles llenados de hace tiempo con la letra de la chica que acabábamos de espiar. Yendo a comer de mi plato sentí un extraño estallido como de vidrios rotos; dentro del baño, el profe estaba llorando. 

***  

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